
Tu Casa de Remolienda nos remuele, nos aprieta como el molino o el mortero de piedra que pulveriza suavemente la femenina harina tostada de la chupilca o el ulpo matinal y nos impregna los sentidos del alma de un olor viejo y familiar como el canto de una lechuza, un poema de Jorge Tellier o esa carta de soldado anónimo del 79, escritaen los salares, contra el viento, y que reencontramos un siglo mas tarde, en un altillo de la realidad, entre un torbellino de objetos olvidados. Algo muy nuestro, algo de cada átomo de nuestro corazón se nos despierta allá por el fondo de cada imagen de esta película muda que se vuelve sonora, creemos a ratos, a punta de cueca y de huevos viriles. Un Chile hundido en el pasado, en esos vastos desiertos de eternidad que se abren y se extienden, palpita a espaldas de la teatralidad brutal de la última obra tuya, Joaquín, como la flor del durazno. Una voz inaudible nos va contando un cuento que apenas escuchamos, historia de fogón pura y humosa, que habla quizás acerca de lo que fuimos y de lo que somos, pese a todo este desdichado remoler de la gran chingana que nos ha extraviado como en una ciénaga. Una luz de ayer parpadea al fondo de tu trabajo, como el regusto bayo de la chicha o el olor redondo de los chicharrones de chancho chisporoteando en el sartén viejo del pueblo, bajo los ojos aterciopelados de las hembras de la Patria. Un tintineo de poncheras y de espuelas se cuela por las orilla de la pantalla y hay ahí un mundo de bordes que pugna siempre por entrar en el cuadro: es lo inefable, lo inenarrable pugnando por un lugar en nuestra pupila. Un zumbido de realidad, cargado con la vida y la muerte, como una escopeta de dos tiros amartillada, llena esta maravillosa película con su ardor y su olor a sudor de caballo y sexo de hembra joven. Asomarse a esta Casa tuya es como mirar al mundo mas allá de la noche, un tramado de chamanto y manchas de vino costero, racimos Italia estrujados en el muslo y viejas sangres. Sopla un viento de jazmines del cabo y vinagre desde tus imágenes abigarradas de Chile, un retintín de frenos y de goznes, de chavetas de carreta y manceras de arado, un perfume de cordero al palo y una muy honda pasión humana y amor a esta tierra, que es la tuya, empujada por esa fuerza de tu ser que tanto te admiramos y queremos los que tenemos la gran fortuna de conocer tus quehaceres terrestres.
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